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8/1/16

Donde nace la generosidad, la amabilidad y el "buen rollito"





            Las universidades de Pensilvania, Yale y Duke (EE.UU.) han realizado unos curiosos estudios -todos los estudios son curiosos, desde luego, porque es un intento de saber lo que permanece oculto-, por los que se han estado frotando las meninges, al igual que Aladino a su lámpara mágica,  los científicos en cuestión para saber en dónde "demonios" -eso es una licencia antipoética de la autora de este texto-, se encuentra situado en el cerebro -aunque hay algunos humanos que parecen carecer de él, pero esas son otras cuestiones-. el deseo de agradar a los demás y la generosidad -tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando, porque van un ratito a pie y otra andando-,es decir, el conocido como "buen rollito", pero no de primavera, sino de todas las estaciones del año lo que es más valioso, más difícil y más "guay".
            Y parece ser que de tanto buscar y buscar hete aquí que encontraron el lugar donde se ubica el muy ladino sentido de la generosidad y "haz el amor y no la guerra", etc., etc. Y es que el tío se escondía en la amígdala, pero no  una de las que hay a cada lado de la garganta, no, esas son otras amígdalas que, además, duelen y hacen pupa cuando se inflaman y parece que, en vez de ser unos trocitos de carne sonrosadita y con carita de no romper un plato, parece que son un vaso roto con esquirlas de cristal incrustadas en la garganta. Bueno, pues a lo que iba; que la amígdala donde se encuentra el "rollito todas las estaciones", es en la amígdala cerebral -bueno, sí, prima hermana de las otras, pero con más potencial de "mala le...", si deja de funcionar bien y se desmelena, la muchacha-, que es una pequeña estructura en el extremo anterior del lóbulo temporal del cerebro -¡ahí es 'na'-, hasta ahora relacionada con el miedo y la capacidad de obtener información sobre la cara y la mirada de los otros, -dicho en cristiano, reconocer los caretos y las miradas tiernas como un bollito de leche, frías como un témpano o aviesas como el filo de la navaja en manos de un barbero loco-, y que, también,  tiene que ver con lo que damos a los demás, ¡la tía!.
            Según explicó el sesudo profesor Michael Platt, profesor de la Universidad de Pensilvania, cuyo estudio al que nos referimos ha sido publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), «Lo que estamos tratando de hacer es identificar y comprender el mecanismo cerebral básico que nos permite ser amables con los demás y responder a las experiencias de otras personas». Para ello, eligieron a un simpático primate conocido como macaco Rhesus, para estudiarlo tanto en laboratorio como en la propia naturaleza, en una isla de Puerto Rico que lleva el nombre de Cayo Santiago.
            Los experimentos consistieron -para aquellos interesados en repetirlos con algunos parientes a los que consideran  más cercano a los macacos, Rhesus o Thiesus, a secas-, entrenando a los macacos para reconocer unas formas distintas y de diferentes colores en una pantalla y con una recompensa para los más listos que era un poco de zumo, el que se podían quedar para ellos mismos, darlo todo a otro mono cercano o repartirlo entre ambos, pero también cabía la opción de no beberlo ni darlo y desperdiciarlo.
                Y sigue diciendo el científico curiosón que «Generalmente, el mono prefiere premiar a otro en lugar de dejarlo sin nada», lo que demuestra que las relaciones les importan mucho a los macacos, aunque procurando decir eso de "yo no soy tonto", pues sigue diciendo el docto científico que «Hay más probabilidades de que den a aquellos con los que están más familiarizados y también a los monos subordinados a ellos».
        Mientras observaban el "buen rollito" de los macacos, registraban la actividad neuronal de la amígdala -la cerebral, no la "campanillera"-, de cada animalito, anotando cualquier relación entre lo que sucedía en el cerebro -de los macacos, no de los científicos, claro-, y sus actos de generosidad, tacañería o mala le... De ahí, sí de ahí, de la amígdala, supieron que la misma, mismamente, refleja -¡ojo al dato!-, el valor que para cada macaco supone la recompensa para el que da. Dichos datos les permitían anticiparse -los científicos, no los macacos-, y predecir cuándo los monos les darían parte o toda su recompensa a otro mono, o sólo le daría "la brasa", por no darle una patada en sálvese la parte.!
                Pero los investigadores siguieron investigando -cada loco con su tema-, y les dieron un "chute" de oxitocina a los desprevenidos macacos, que es la hormona relacionado con el amor y el apego, y comprobaron que los comportamientos cambiaron, que era lo que querían los científicos impertérritos y un poco impertinentes, todo hay que decirlo. Los macacos se volvieron más "generosos" y dispuestos a dar a otros, pero no sólo materialmente, sino que les hicieron más caso y les prestaron más atención a interés variable, después de ofrecerles la recompensa. Es decir, lo tomaron en cuenta como individuos necesitados de atención y afecto y cucamonas -nunca mejor dicho-, no sólo como un tragón dispuesto a llevarse al gaznate lo que fuera, sobre todo si estaba rico, rico y encima era gratis.
            Y de ahí les surgió la pregunta -a los investigadores, no a los macacos-, ¿sucede los mismo con los humanos? Y sigue diciendo el científico parlante:  «Realmente no sabemos cómo funciona en la gente. Es muy difícil de estudiar», reconoce el docto estudioso. «Cuando las personas inhalan oxitocina, hay un cambio en el flujo sanguíneo a la amígdala, que creemos que podría estar involucrada en hacer a la gente más amable y receptiva a los demás».
              Aunque la duda sobre la conducta humana en este aspecto continúa, los macacos estudiados dan unos datos valiosos en comparación con los seres humanos, ya que también viven en grandes grupos sociales y establecen entre ellos lo que los científicos denominan lazos sociales "a largo plazo" -entre los humanos lo único que se establece a largo plazo son las hipotecas y ni eso asegura la continuidad de la pareja-, pero no sólo con sus parientes, sino con otros macacos no allegados con los que traban "amistades o alianzas" y trabajan y se esfuerzan para mantenerlas. «Al igual que los seres humanos, cuanto más fuertes son estos vínculos, más éxito tienen. Los monos con más y mejores amigos viven más tiempo y tienen más descendencia», dice Platt.
          Dicho científico cree que su investigación puede ser de gran ayuda para desarrollar posibles terapias que podrían ser beneficiosas para mejorar la función de estos circuitos neuronales en aquellas personas con dificultad para conectar con los demás, como es el caso de personas que padecen autismo, esquizofrenia o trastornos de ansiedad.
             Esto demuestra que la generosidad, la amabilidad y "buen rollito", nace en lugares tan inhóspitos como la amígdala cerebral que, a pesar de su nombrecito, parece buena chica y presta excelentes funciones a los macacos, a los humanos y a los que son cuarto y mitad, que son más de un cuarto y mucho más de la mitad de los humanos.