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12/4/15

Llamada de atención




            A lo largo del día existen multitud de momentos en los que hasta los más pacientes, pacíficos y tranquilos pueden llegar a perder el control por diversas causas: un jefe quisquilloso y exigente; una disputa conyugal; un exceso de trabajo urgente que parece no acabar nunca; un atasco cuando más prisa se tiene, y así un largo etcétera de situaciones en las que hasta los más benditos se desahogarían echando sapos y culebras y ciscándose en todos los que le rodean, hasta en su propia sombra que le sigue siempre y está empezando a tener mala sombra también.
            Una investigación publicada en Trends in Cognitive Sciences y comentada en la prensa española, parece ofrecer un resultado sorprendente y no es otro que el autocontrol no es un recurso limitado y por ello susceptible de agotarse, aunque es lo que todos los humanos "limitados" tendemos a pensar y también afirma la Psicología, esa ciencia que dice estudiar el comportamiento humano y explicarlo hasta que viene alguien autorizado y afirma lo contrario de lo que se tenía por una verdad inamovible, lo que suele pasar un día sí y otro también, aunque sea una redundancia redundante.
            Según el equipo de investigadores de las Universidades de Toronto (Canadá) y Aberdeen (Escocia) -se indica el país para orientar a los menos duchos en geografía-, el quid de la cuestión sobre cuál es la causa de la dificultad para controlarnos cuando estamos cansados, estresados o cuarto y mitad, radica en que empezamos a valorar más lo que "nos gustaría" hacer que lo que "tenemos que" hacer. Esta afirmación la entienden hasta un niño chico y no hace falta un equipo de investigadores sesudos para llegar a esa conclusión que cualquiera puede llegar a captar con sus entendederas de ciudadano normal y corriente -más de lo segundo que de lo primero, porque abundan mogollón y los primeros escasean bastante.
            Bueno, al grano: según dicen los sabios estudiosos, cuando se está agotado se produce un cambio en las prioridades motivacionales -dicho en cristiano para que lo entienda cada ídem: "se pierden las ganas de hacer lo que se está haciendo por obligación, para hacer lo que no se está haciendo pero sí gustaría hacer por diversión". Creo que con eso ha quedado lo suficientemente claro y el que no lo entienda que no lo siga intentando porque corre el peligro de que le dé una apoplejía por el esfuerzo-; y por ello se presta menos atención a lo que se está haciendo por obligación y se emplea más tiempo en hacer -o imaginar- lo que sí nos gustaría hacer -para algunos es muy fácil esto último, porque lo que les gusta hacer sobre todo lo demás es no hacer absolutamente nada. Son fáciles de contentar, los pobres, y poco imaginativos, también.
            Por lo tanto, los investigadores han llegado a la conclusión de que en esos momentos de agotamiento, cansancio o estrés, es el cerebro el que reclama un mayor tiempo de descanso, ocio o diversión ante el exceso de trabajo, obligaciones y deberes que se llevan a cabo. Es decir, el pobre cerebro lanza una llamada de atención como el náufrago lanza una botella al océano con un mensaje dentro, con la esperanza de que alguien lo encuentre y vaya a rescatarlo. Tanto el cerebro como el náufrago tienen la esperanza de que alguien escuche su llamada de socorro, pero no siempre se produce el rescate en ambos casos, porque muchas veces no es posible dejar "el tajo" por cuestiones de horarios laborales, urgencia de la tarea; o tener al jefe cerca y cejijunto; o bien, porque quien recoge la botella se percata de que ha debido ser escrito el mensaje que contiene en el siglo pasado, o el anterior, por el tipo de papel, el vidrio de la botella -perspicaz que es quien la encuentra y con facultades de Sherlock Holmes-, o bien porque viene firmado el mensaje y fechado con el latiguillo de " en el año del Señor de 1738" -aunque para eso no hace falta ser avispado, sino sólo saber leer para darse cuenta de que el rescate es técnicamente inviable, porque lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.
            Bueno, pues al grano de la paella, quiero decir que volvamos al meollo de la cuestión que para eso estamos. Como hablábamos antes de autocontrol, se podría preguntar y preguntamos con inocencia ¿y eso que es?. Pues según los conocimientos que aporta la psicología -los míos son prestados  y de segunda mano-, el autocontrol es el proceso mental que permite manejar los pensamientos, emociones y comportamiento para ajustarlos a los fines que se ha propuesto el sujeto (y sujeta) en cuestión. De esa forma, el aludido puede controlar o inhibir las respuestas poco apropiadas para el alcance de sus objetivos y cambiarlas por otras más adecuadas. La Psicología afirma -ella es muy suya-, sin embargo, que el autocontrol es limitado y puede agotarse, al igual que sucede con la energía, por lo que llegado a cierto límite sería difícil o imposible que el individuo pudiera controlar sus impulsos y podría perder los estribos, la paciencia, el aguante y hasta el refajo -en caso de llevarlo-, y mandar al jefe, o a la "parienta", a la suegra o a los papeles a hacer gárgaras sin contemplaciones ni medias tintas -puestos a derramar el tintero hay que hacerlo bien y sin dejar ni gota.
            Ante la evidencia de que el rendimiento va disminuyendo con el tiempo, como ya saben todos los que han trabajado o estudiado -no entiendo esa distinción como si el estudio no fuera un trabajo, o a la inversa, pues todo trabajador estudia la forma de trabajar menos-, pues eso, que el equipo de investigadores afirma que esa baja en el rendimiento no es adrede, sino que es debido a un cambio de prioridades y no a una evidente falta de autocontrol que relaja la disciplina y el espíritu del deber para seguir cumpliendo la obligación.
            Dicho lo anterior -que es mucho decir-, parece que nuestros amigos investigadores han encontrado una forma de ayudar al pobre cerebrito a seguir en el empeño de cumplir con el deber y dejarse de milongas. Y para ello, sugieren que se cambie la idea de "tengo que hacer" por la de "quiero hacer" - sí, sí, ya dice el refrán lo de que " es más fácil predicar que dar trigo", dicho sea con todo respeto-,y para conseguir ese milagro de la voluntad dicen que hay varios recursos que pueden ayudar en el intento:
            a) Tomarse un tiempo de descanso, periódicamente en el trabajo o quehacer, para airear al pobre cerebro que a esas alturas ya estará hecho un pingajo, y salir de la situación tensa o estresante y así poder pensar y recuperar la calma y el autocontrol. Valen los minutos para tomarse un café, un carajillo o incluso una tila; al igual que sirven para alejarse del marido quisquilloso e insoportable, el jefe exigente o malhumorado -siempre van unidas las dos "virtudes"-, o la pila de trabajo por hacer y que obliga a preguntarse al sufrido trabajador o víctima propiciatoria "¿Pero es que me estaban esperando a mí  solo para terminar el trabajo?".O sea.
            b) Evitar tener cerca las tentaciones, a lo que llaman los siempre sapientes psicólogos "control de estímulos" Por ejemplo tener lejos el móvil para no enviarle sms a ese/a tío/a tan simpático/a que "mola mogollón". O apagar internet para no buscar ese dato tan importante y urgente como puede ser el resultado de la quiniela o los goles que marcó fulanito;  o bien mirar la foto de ese/a tío/a bueno/a que viste en ese sitio al que llegaste por casualidad después de consultar el diccionario de la RAE, etc., y hete aquí -no, mejor allí-, que te encontraste con una página de contactos o ligues "buenorros" que te dejó sin aliento.
            c) En los momentos de cansancio, es conveniente tomar algún alimento dulce -un bombón, un caramelo, sí, uno, no una bolsa entera-, porque se ha comprobado en diversos estudios que  aumentar el nivel de glucosa, incrementa el rendimiento en trabajos o tareas que exigen autocontrol, ya que el aumento de la glucosa en sangre es muy útil para controlar los impulsos agresivos y mantener la calma aunque se desconoce cuál es el mecanismo de actuación al respecto. Igualmente útil resulta enjuagarse la boca con un líquido azucarado, sin tragarlo, para aumentar la capacidad cognitiva o autocontrol y la concentración.  Además de que, en este sentido, también se ha comprobado su eficacia con los perros que, a falta de hueso que roer, chupan un azucarillo para ir controlando los jugos gástricos y las ganas de liarse a mordiscos  con los calcetines de su dueño que, por el olor que tienen, deben de ser de "pata negra", o sea que el cochino del dueño no se lava los pies durante meses, todo hay que decirlo.
            Si todas estas posibles ayudas fracasan y no surten efecto, y se sigue teniendo un déficit de atención y un exceso de cansancio, tensión psíquica o estrés -en una palabra, que el sujeto en cuestión está más "quemado" que  el palo de un churrero-, entonces es el momento de intentar descansar durante más tiempo, tomarse unas vacaciones, o buscar la satisfacción interna que no aporta el trabajo con otras actividades que sí la ofrezcan de forma habitual cada día, cambiando el orden de prioridades y abandonando durante más tiempo el trabajo que ofrece sólo recompensas externas -dinero, posición social, estabilidad laboral-, por otras actividades que dan compensaciones que son internas y no mensurables en términos económicos, profesionales o sociales, pero que, a la larga, redundan más en la propia satisfacción, salud psíquica y física, realización personal y todo aquello que hace que un ser humano sea eso y no  sólo un "burro de carga" que termina aplastado por el peso y responsabilidad que lleva sobre sus hombros, pero no antes de haber estado a punto de pegar rebuznos, coces y más de un mordisco a troche y moche.
            Por eso, amables lectores, hay que poner un poco de orden en la vida, física y psíquicamente, y tratar de cambiar horizontes vitales equivocados o, al menos, mudar el color del cristal con el que se miran, para evitar que esa vida sin horizontes termine siendo la única vista que se ha contemplado a lo largo de una  existencia dedicada a trabajar, aceptar o soportar responsabilidades que hacían olvidar que existe la risa, la alegría, el disfrute y el placer.
            Sobre todo, no hay que olvidar que el principal deber es el que se tiene con uno mismo y con la propia realización en esta vida, para evitar que las ilusiones se quemen en una continua hoguera donde arde toda esperanza de alcanzar una pizca de felicidad que queda así convertida en cenizas.           
             Y no hace falta decir cómo queda el palo del churrero...